Por qué las iglesias crecen

Hace dos semanas asistí a una boda. Llegué justo a tiempo, cuando todo estaba a punto de comenzar. El lugar parecía sacado de una película: una ceremonia al aire libre, decoración cuidada al detalle y hasta un artista pintando la escena en vivo. Nada era casual. Nadie estaba ahí por accidente. O eras invitado por los novios o estabas cumpliendo una función específica. Ese tipo de bodas no son masivas; las invitaciones son limitadas y, por lo general, muy valiosas. Ser invitado a un banquete así es un privilegio.

Sin embargo, no todos los invitados asistieron. Algunos tenían compromisos. Otros simplemente no podían estar. Mi esposa, por ejemplo, no pudo acompañarme por el horario. Y eso es comprensible: no siempre se puede estar en todo lugar.

Pero entonces surge una pregunta más profunda: ¿qué pasaría si quien te invita no es una pareja de novios, sino Dios mismo?

«El reino de los cielos puede compararse a un rey que hizo un banquete de bodas para su hijo. Y envió a sus siervos a llamar a los que habían sido invitados a las bodas, pero no quisieron venir…»

Mateo 22:2-3

Jesús planteó esa pregunta de una manera poderosa en la parábola del banquete de bodas en Mateo 22:1–10. En la historia, un rey prepara un gran banquete para su hijo y envía invitaciones. Todo está listo. La mesa servida. Pero muchos de los invitados rechazan la invitación. No porque el banquete no valiera la pena, sino porque estaban demasiado ocupados con sus propios asuntos.

Esta parábola aparece en un momento crucial: la última semana de Jesús en Jerusalén. Es una confrontación directa a los líderes religiosos, personas que conocían la Palabra, participaban en la vida espiritual del pueblo y, aun así, rechazaron la invitación de Dios. La historia revela algo incómodo pero honesto: es posible estar cerca de las cosas de Dios y aun así perderse de la vida con Dios.

Y si somos sinceros, a veces nosotros hacemos lo mismo. Dios nos invita a crecer, a conocerlo más profundamente, a disfrutar de su presencia en la oración, en su Palabra y en comunidad… pero estamos ocupados. No rechazamos a Dios abiertamente; simplemente lo postergamos. Y cuando rechazamos la invitación a crecer, dejamos de madurar.

Entramos al reino por gracia, mediante la fe. Eso es un regalo. Pero crecer en Dios es responder activamente a su invitación. Es sentarnos a la mesa que Él ya preparó y comenzar a alimentarnos.

La parábola da un giro inesperado: el rey envía a sus siervos a las salidas de los caminos para invitar a todos, sin distinción. Así crece el reino de Dios. Y así crece la iglesia: a través del evangelismo, el discipulado y el liderazgo.

Evangelismo

Evangelizar es extender la invitación. Es decirle a otros que hay un lugar en la mesa, que la salvación es un regalo y que Cristo transforma vidas. Muchos desean cambiar, sanar, empezar de nuevo. Solo están esperando una invitación.

Algunos consideran que una iglesia pequeña es mejor porque pueden conocer a más personas dentro de la congregación. Entiendo la motivación, pero esa no es la mentalidad que vemos en esta historia. Mientras más invitados vengan, mejor.

Discipulado

Pero la historia no termina en entrar al banquete. Ahí comienza el discipulado. Discipular es aprender a seguir a Jesús juntos y ayudar a otros a hacer lo mismo. No se trata solo de creer, sino de obedecer, imitar su carácter y vivir según su enseñanza. Por eso Jesús no dijo “vayan y hagan creyentes”, sino “hagan discípulos”.

Liderazgo

Y de los discípulos surgen líderes. Personas comunes que primero aprendieron a seguir y luego ayudaron a otros a crecer. El liderazgo en la iglesia no es hacerlo todo solo, sino caminar con otros y dar el ejemplo.

Cuando la iglesia crece, puede servir mejor. Puede bendecir más personas. Puede extender el reino de Dios con mayor impacto. Pero todo comienza ahí: cuando tú y yo decidimos crecer.

Esdras dedicó su corazón a estudiar la ley del Señor, practicarla y enseñarla (Esdras 7:10). Ese es el camino del discípulo: aprender, obedecer y enseñar. No para impresionar, sino para amar más a Dios y servir mejor a los demás.

Aprender

Si quieres conocer mejor a Jesús y crecer en tu relación con Dios, necesitas disciplinarte en el estudio de su palabra. No tienes que ir a un instituto bíblico, solo tienes que prestar atención a Jesús. A los doce años, Jesús escuchaba a los maestros de la palabra y les hacía preguntas. Eso es algo que todos podemos hacer. También puedes escuchar audiolibros o ver estudios bíblicos en lugar de series o telenovelas.

Obedecer

Después de que estudias la palabra, tienes que obedecerla, de lo contrario, se queda en conocimiento teórico. Mucha gente sabe que mentir es malo y todavía sigue diciendo mentiras.

El cambio en tu corazón viene cuando haces lo que dice la Palabra. Algo que te puede ayudar a obedecer es meditar en la Palabra. Por ejemplo, cuando lees un versículo bíblico, puedes preguntarte: ¿qué me enseña esto sobre Dios? ¿Hay ejemplos que seguir? ¿Promesas que creer o mandamientos que obedecer?

Enseñar

La gente que crece más en su relación con Dios es aquella que se esfuerza por enseñar a otros lo que ellos saben. No todos pueden predicar desde el púlpito, pero todos podemos enseñar lo que sabemos a un amigo o hermano.

La historia termina con una promesa gloriosa. Apocalipsis 19 nos recuerda que un día estaremos en las bodas del Cordero. Bienaventurados los que han sido invitados.

Ahora, recuerda esto…

La voluntad de Dios es que su reino crezca en ti y a través de ti.

No rechaces la invitación a crecer. Dios ya preparó la mesa. Siéntate. Come. Y ayuda a otros a encontrar su lugar en el banquete.



Si quieres conversar con alguien sobre esto, te recomiendo acercarte a un mentor o líder en tu iglesia local. Si deseas también puedo ayudar, solo tienes que escribir un comentario.

Photo by Elianna Gill on Unsplash


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