Cuando un viaje termina, otro comienza

Katie y yo almorzábamos con una amiga. Ella nos contaba acerca de su vida y algunos desafíos que estaba enfrentando. Nosotros también le hablamos de cuales acontecimientos ocupaban nuestra mente. Mientras ella sentía que era tiempo de cambiar su trabajo y crecer, yo descubrí que el progreso es un deseo que siempre está presente en la mayoría de nuestros corazones. 

Algunas personas aspiran a sentirse completamente realizados. Pero sabemos que en la realidad no existe nada en este mundo capaz de proveer una satisfacción verdadera y profunda. Siempre habrá un espacio vacío en el corazón. Incluso aquellos que creemos en Dios y sabemos que Él es la fuente de vida eterna, hemos comprobado que en esta vida siempre habrá una necesidad que nos motive a buscarle más, a probarle más, a saciarnos más. Porque Él es más de lo que nuestra humanidad puede soportar. 

Encuentro que esta es una verdad fascinante, capaz de destruir una mentira peligrosa: “todo tiene su final, nada dura para siempre”, dicen algunos. Esto es una mentira porque es una verdad a medias. Cuando un viaje termina, otro comienza. Así, pues, no hay una conclusión en esta vida sino una transformación. El éxito no es una cima donde llegas sino una dirección en la que miras. 

Considera lo importante que es entender esto y las implicaciones que tiene. La mayoría de nuestras ansiedades y frustraciones tienen sus raíces en la ilusión de que todos nuestros problemas se solucionaran cuando logremos o alcancemos X o Y. Tal vez tenemos miedo y somos arropados por nubes depresivas porque pensamos que estaremos incompletos si perdemos o no tenemos lo que más queremos y deseamos. Pero si abrazamos la insatisfacción de esta vida, manteniendo las manos abiertas mientras caminamos con Dios, ¿será posible comenzar a mirar con esperanza el futuro que nos espera? ¿O la esperanza es la fuerza que empuja nuestra alma hacia el futuro? 

No puedo evitar pensar al respecto, porque he visto que la vida es sinónimo de energía. Y si la energía no se crea ni se destruye, quiero que mi vida sea transformada en algo productivo, algo que pueda producir más vida. A lo que me refiero es que mi alma tiene hambre y sed de justicia y eternidad, mientras el progreso de mi historia es una colección de transiciones continuas. Cuando un viaje termina, otro comienza. 

Por eso me encuentro, y creo que mientras tenga vida siempre me encontraré, en medio de una transición constante, en un viaje de regreso a casa, en un recorrido infinito donde Dios es mi principio y mi final. Mas tengo la sospecha que cuando llegue al final podré comenzar de nuevo. No hablo de re-encarnación sino de la gloriosa resurrección que me aguarda.

Por esa razón mi esperanza no me avergüenza. Puedo afrontar con fe, esa convicción que tengo en lo que no veo, cualquier cosa que venga. No tengo miedo porque espero la gloria con certeza. Mi confianza está puesta sobre la roca alta, firme e inconmovible. Allí estoy seguro aunque por dentro sienta un torbellino de emociones. Aunque las arenas movedizas de las circunstancias cambien con la marea, seguiré escalando a alturas inimaginables en medio de las turbulencias. Aunque enfrente tormentas y relámpagos cada noche, el sol brillará con más fuerza a la mañana siguiente. Pues no estoy solo.

La lógica de Dios

Salieron a comer en grupo y ya sabes que pasó, al final cada quién pagó su cuenta porque no todos tienen la dicha de que alguien pague por ellos. La lógica humana es que cada quien pague por su deuda.

Es verdad que lo que uno siembra cosecha, que toda acción tiene sus consecuencias, que Dios es justo y no toma por inocente al culpable. Pero si te dijera que todos nosotros hemos sembrado para nuestra propia perdición, que nuestras acciones nos apartan de Dios continuamente, que según Su justicia ninguno podrá declararse inocente sino que merecemos el castigo eterno de la muerte, ¿no sería bueno tener alguna esperanza?

La verdad es que Dios no puede negarse a si mismo, Él es justo y si tienes una deuda con Él, alguien tiene que pagarla. Esa deuda se llama pecado y se paga con muerte. La buena noticia es que Dios no quiere que nadie muera, aunque sea lo que merecemos. Por esa razón Él mismo pago nuestra deuda en su contra con la muerte de Su hijo Jesucristo para satisfacer su justicia y darnos por gracia su misericordia.

La lógica de Dios no cabe en nuestra mente, es ilógica para nosotros. Su deleite es mostrar misericordia, enseñarnos que amar es más que palabras, a veces significa sacrificio. ¿Entiendes?

La vida sigue

La mayoría de nosotros recuerda que EEUU lanzó una bomba atómica en Japón en la ciudad Hiroshima, pero pocos sabemos que lo mismo ocurrió en la ciudad de Nagasaki.

Cuando la bomba atómica explotó en Nagasaki murieron 60 mil personas. La radiación fue tan grande que hasta los relojes se detuvieron a las 11:02 am.

70 años después, Nagasaki luce totalmente diferente. La ciudad ha sido reconstruida, compañías americanas están funcionando y el lugar donde la bomba cayó, es un parque donde los niños juegan.

Aunque parezca que el tiempo se detuvo en muchos relojes cuando la bomba destruyó Nagasaki, el tiempo sigue pasando y demostrando que la vida sigue.

Quizás no lo sabías pero yo crecí jugando béisbol. Todavía recuerdo muchos buenos momentos de mis días practicando en el Club Payero, en Santo Domingo. Mi sueño era jugar profesionalmente en EE.UU., pero eso no sucedió. No fue una tragedia ni nada por el estilo, pero reconozco que sin la ayuda de Dios y mi familia, me hubiese quedado en el pasado… frustrado por fracasar en el intento.

Hace varias semanas fui con mi esposa y familiares al estadio de los Nationals, en Washington. Recordé mis sueños del pasado, pero sin tristeza o melancolía. Al contrario le agradecí a Dios por darme sueños nuevos y mejores para mi. La vida sigue y nosotros con ella.

He visto que es difícil disfrutar el presente y movernos al futuro cuando estamos aferrados al pasado. ¿Qué está impidiéndote seguir adelante?