Preguntas difíciles en los tiempos del COVID-19

Tenemos un Dios que nos abraza en medio de nuestro sufrimiento porque él mismo ha sufrido. Cuando vemos a Cristo en la cruz, derramando su sangre para salvarnos, podemos confiar en que al final, después de la muerte, hay una resurrección. Vamos a salir del otro lado siendo mejores que antes.

Para nadie es un secreto que estamos viviendo tiempos difíciles, tiempos que ponen a prueba nuestra fe. Son tiempos que nos llenan de dudas y preguntas. Nos sentimos desesperados y con miedo. No sabemos que pasará mañana, a veces hasta perdemos la esperanza. 

Yo recuerdo en el año 1996 cuando el huracán George pasó por mi querida patria República Dominicana. Fueron momentos de terror y pánico. Los meses posteriores fueron súper difíciles, sin agua ni electricidad, con problemas económicos y muchas personas perdieron la vida. 

Todos hemos pasado por una o varias tragedias. Por ejemplo, mis vecinos en Haití todavía están en medio de una crisis política y sanitaria. Mis hermanos puertorriqueños ahora mismo están recuperándose del huracán María y los terremotos. Mis amigos en Venezuela todavía están luchando contra una crisis humanitaria. Podemos decir que todos los países del mundo han sufrido o están sufriendo. Estoy seguro que tú estás viviendo tus propias batallas. 

Estos son momentos que nos cambian a todos. Pero, si estas son las circunstancias que nos han tocado vivir, se que con la ayuda de Dios podremos seguir adelante. Es cierto, el mundo está cambiando y no sabemos qué pasará mañana. Nos preguntamos, ¿cómo vamos a sobrevivir este mes? ¿que tipo de persona y sociedad seremos cuando todo termine? ¿Por qué estamos viviendo esta tragedia? 

En la Biblia podemos leer que el pueblo judío también experimentó muchas dificultades y crisis. Una de esas ocasiones fue varios años antes de ser llevados cautivos a Babilonia. El pueblo de Judá vivía sus momentos históricos más críticos. La corrupción moral y espiritual era incontrolable. La idolatría era abrumadora. La violencia, la injusticia, la desigualdad social llenaban las calles con sufrimiento. En esa época, el profeta Habacuc recibió una visión y escribió en el capitulo 3, versículo 17 de su libro en el Antiguo Testamento:

17 Aunque la higuera no florezca, ni haya frutos en las vides; aunque falle la cosecha del olivo, y los campos no produzcan alimentos; aunque en el aprisco no haya ovejas, ni ganado alguno en los establos; 18 aun así, yo me regocijaré en el Señor, ¡me alegraré en Dios, mi libertador. 19 El Señor omnipotente es mi fuerza; da a mis pies la ligereza de una gacela y me hace caminar por las alturas.      

Habacuc 3:17-19

¿Cómo es posible regocijarse en Dios a pesar de las tormentas? ¿Cuando nos falta salud, dinero, esperanza o paz? ¿Cómo podemos decir, aunque todo vaya de mal en peor, yo voy a regocijarme en el Señor? 

Bueno, quizás encontramos la respuesta en el libro que Habacuc escribió. Al principio vemos que él no estaba alegre de su situación. Él no tenía gozo en medio de los problemas que había en su país. Al contrario, vemos que Habacuc tenía preguntas que muchos de nosotros tenemos hoy en día. 

En estos momentos, tal vez, tú estás preguntando ¿por qué Dios permitió que este virus exista?¿por qué mi jefe decidió despedirme a mi? ¿Qué ahora que mis hijos no pueden ir a la escuela y no tengo alimento para darles? ¿Qué pasará con mis abuelos o tios que están en el hospital y no puedo ir a visitarlos?

Habacuc también tenía preguntas difíciles. Él escribió en el versículo 2.

¿Hasta cuándo, Señor, he de pedirte ayuda sin que tú me escuches? ¿Hasta cuándo he de quejarme de la violencia sin que tú nos salves?

Habacuc 1:2

Habacuc preguntó hasta cuándo seguiría pidiendo ayuda al Señor sin escuchar una respuesta. Esta pregunta demuestra que:

(1) Habacuc sabía que Dios podía ayudarle. Habacuc tenía fe y pedía ayuda constantemente. En los tiempos difíciles, recordemos que Dios es nuestra ayuda, él es nuestro salvador.

(2) Está bien tener preguntas en la presencia de Dios, está bien preguntarle el por qué de las cosas. El Señor no teme escuchar nuestras preguntas

(3) Habacuc estaba abrumado y desesperado. Su fe estaba siendo probada y dudaba si Dios le estaba escuchando. Sus preguntas ya se convirtieron en quejas, su corazón estaba llenándose de angustia, de miedo y estrés.

¿Alguna vez te has sentido así? Quizás sientes que nadie entiende tu situación ahora que tus planes deben cambiar. Quizás sientes frustración porque todos tus sacrificios ya no valen nada. Quizás sientes que la tierra está moviéndose debajo de tus pies. Quizás no sabes cómo saldrás adelante ahora que todos los caminos parecen cerrarse… En los tiempos difíciles, es normal quejarse, explotar con rabia e impotencia cuando estamos sufriendo y parece que Dios no está haciendo nada.

¿La gran pregunta es por qué? Sigamos leyendo los versículos 3 y 4.

3¿Por qué me haces presenciar calamidades? ¿Por qué debo contemplar el sufrimiento? Veo ante mis ojos destrucción y violencia; surgen riñas y abundan las contiendas. 4Por lo tanto, se entorpece la ley y no se da curso a la justicia. El impío acosa al justo, y las sentencias que se dictan son injustas.

Habacuc 1:3-4

Aquí Habacuc dirige su indignación hacia Dios y hasta parece que sus quejas son acusaciones. Él esta cansado de esperar una respuesta y estalla con furia, como si Dios tuviera la culpa de lo que está pasando. Esto me enseña que incluso cuando estamos abrumados, exasperados, irritados, enojados… está bien clamar a Dios y pedirle ayuda. 

Aún así, Habacuc quiere saber por qué Dios le deja ver calamidades, sufrimiento, destrucción, violencia, injusticia, dolor, muerte. Muchas veces nos pasa lo mismo. Venimos a Dios con una lista de problemas: ¿Dios, por qué a mi? ¿Por qué ahora? ¿No sabes que mis hijos dependen de mi? ¿No te duele que mis padres están enfermos? ¿No sabes que esta situación es difícil para mi empresa y mi familia? ¿No ves lo mucho que estoy sufriendo? Dios, ¿por qué no respondes? ¿por qué estás en silencio? ¿por qué no me hablas?

Aquí tienes varias respuestas a tus preguntas difíciles:

1. Si Dios no te responde en este momento, es porque quiere calmar tu corazón primero. 

Dios no va a gritar para que le escuches. Él no alzará su voz por encima de la tuya, como si estuviera discutiendo contigo. Al contrario, él primero calma tu corazón para que puedas escuchar su voz. En los tiempos difíciles, cuando estamos desesperados y queremos respuestas, gritamos pidiendo ayuda… Dios nos da calma y nos habla. Así cómo un padre toma a sus hijos y los sienta en su regazo, hablándole despacio para que se calme su enojo. 

2. Si el problema está más allá de tu comprensión, probablemente la solución también lo sea. 

Dios le respondío a Habacuc diciendo, 

5 «¡Miren a las naciones! ¡Contémplenlas y quédense asombrados! Estoy por hacer en estos días cosas tan sorprendentes que no las creerán aunque alguien se las explique.»

Habacuc 1:5

Cuando Dios nos responde en medio de la crisis y desesperación, es posible que no escuchemos lo que deseamos escuchar. Reaccionamos con asombro y confusión, pero Dios nos dice que vamos a salir del otro lado de esto mejor que antes. Quizás ahora estamos preocupados y expectantes, llenos de estrés y ansiedad, con miedo al presente y el futuro. Pero podemos confiar en Dios por que así como los cielos son más altos que la tierra, sus caminos están por encima de nuestros caminos, sus métodos y pensamientos son mucho más profundos que los nuestros. 

Quizás no podemos creerlo porque no entendemos lo qué significa “mejor”. En realidad… ¿Cómo puede ser posible que esta pandemia me haga una mejor persona? ¿Cómo es posible que esta crisis me ayude a ser un mejor ser humano, un mejor esposo, hijo y ciudadano? ¿Cómo es posible que quedarme en casa me haga valorar a mi familia y mi iglesia? 

No lo sabemos, pero podemos confiar en Dios. Vamos a salir del otro lado de esto siendo mejores que antes.

¿Pero cómo?

Varios meses después de casarme, mi esposa me dijo que necesitábamos ir al dentista para una de esas visitas preventivas. Yo tenía años sin visitar a un dentista, por eso me negué. Aun así, hicimos la cita y fuimos al dentista. 

El doctor estaba examinándome y de repente dice: Hmmm, tienes una muela que necesita ayuda… (Yo sabia que tenía una muela partida por la mitad). Él me preguntó si sentía dolor… yo le respondí que ya no sentía dolor, porque llevaba varios años rota. El doctor me miro y me dijo, tenemos que trabajarla porque si el nervio está infectado, puede afectar tu torrente sanguíneo y matarte.

Cuando yo escuché la magnitud del problema, entendí que ya no podía seguir procrastinando. Comenzamos el proceso de inmediato. Varios meses más tarde, después de muchas visitas al dentista y mucho dolor en mi boca, mi muela fue sanada. A veces no queremos lidiar con los problemas que tenemos, hasta que un día ya no aguantamos más. Eso produce que la solución sea más dolorosa, pero al final seremos mejores. 

Tenemos un Dios que nos abraza en medio de nuestro sufrimiento porque él mismo ha sufrido. Cuando vemos a Cristo en la cruz, derramando su sangre para salvarnos, podemos confiar en que al final, después de la muerte, hay una resurrección. Vamos a salir del otro lado siendo mejores que antes.

Aunque a veces no entendamos sus métodos y suframos en el proceso, podemos regocijarnos en Dios, porque él no tiene miedo de escuchar nuestras preguntas y esperar a que nos calmemos para despejar nuestras dudas. Es posible que al final tengamos preguntas, al igual que Habacuc, pero mientras tanto podemos sentir su abrazo y abrazar a un hermano que también esta sufriendo. 


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Qué sucede cuando la gracia de Dios es suficiente

Sería un intento fútil tratar de describir la inmensidad dimensional de la gracia de Dios, pues su gracia es el diamante más bello que un ser humano puede ver. Las facetas son ilimitadas y multiformes. Los aspectos son inagotables. Sus atributos incontables, incomparables y a veces también, incomprensibles.

La gracia de Dios es sublime, maravillosa, abundante, justificadora, envolvente, santificadora, enriquecedora, vencedora, suficiente y más allá de la comprensión humana. Es por la gracia de Dios que podemos ser libres del poder del pecado y la muerte, podemos acercarnos a Dios y recibir el auxilio en tiempos de angustia, podemos vivir de forma piadosa y digna del llamado que Él nos ha hecho, podemos reinar con Cristo y extender su reino a los confines de la tierra, podemos acceder a sus riquezas en gloria y mucho más.

Sería un intento fútil tratar de describir la inmensidad dimensional de la gracia de Dios, pues su gracia es el diamante más bello que un ser humano puede ver. Las facetas son ilimitadas y multiformes. Los aspectos son inagotables. Sus atributos incontables, incomparables y a veces también, incomprensibles.

El apóstol Pablo escribió sobre la gracia de Dios bastante, pues él pudo experimentarla personalmente. Fue por la gracia de Dios que Pablo pudo conocer a Cristo, al igual que todos los que hemos conocido al Señor (la lista es interminable, desde Abraham hasta la eternidad). Por la gracia de Dios somos lo que somos. 

Es por la gracia de Dios que podemos regocijarnos en nuestras debilidades, en el sufrimiento, en la espera; cuando entendemos que su gracia es suficiente, vemos el poder de Dios perfeccionándose en nuestra debilidad (2 Corintios 12:9).

Siendo honesto contigo, pienso que este es uno de los versículos más difíciles de digerir, comprender o explicar. ¿Cómo es posible que mis debilidades sean usadas para que el poder de Dios sea perfecto o completo? 

La respuesta vino a mi durante esta semana: cuando la gracia de Dios es suficiente, puedo perseverar en el sufrimiento porque en Dios tengo todo lo que necesito. Mis angustias, dolores, pensamientos depresivos, ansiedades, etc., tienen su origen en una mentira. Esa mentira es que Dios no puede satisfacer mis necesidades y por lo tanto, necesito algo más que no tengo todavía. Pero cuando veo a Cristo y toda su gloria, puedo llenarme de gozo, admiración y convicción de que tengo todo y mucho más de lo que necesito.

Cuando la gracia de Dios es suficiente mi alma está satisfecha en mi creador. No importa la prueba o dificultad que esté enfrentando, puedo perseverar porque confío en la bondad generosa de mi Salvador y Señor Jesucristo.

Si te interesa conocer más sobre este tema, puedes descargar la Guía de Oración y Ayuno que Every Nation Churches and Ministries ha creado. Solo haz click en el siguiente botón.

Cuéntame, ¿cómo respondes a las dificultades en la vida? ¿Crees que la gracia de Dios es realmente suficiente?

Oídos para oír

El Señor Jesucristo utilizaba frases muy peculiares. Una de esas frases es: el que tenga oídos para oír, que oiga. ¿Será posible usar los oídos para otra cosa? Medito en esto y me doy cuenta que mi amado Jesús se refiere a oír con el corazón y no solo con la mente.

Pero hay algo más profundo aquí, algo que he aprendido y experimentado este verano. Mientras mi esposa y yo atravesábamos una especie de pasillo con muchas puertas (hablo en sentido figurado), descubrí que la clave para escoger la puerta correcta era detenerme y escuchar la voz correcta.

En esos días estaba escuchando el podcast de The Bible Project. Tim y John hablaban sobre el paralelismo entre los capítulos 1 al 3 de Génesis, en comparación con el libro de Proverbios. El propósito de la humanidad es gobernar el mundo en compañía de Dios. El hombre y la mujer recibirían la sabiduría necesaria para realizar su trabajo a través de una relación íntima con el Creador. 

Una teoría interesante es que al principio Eva representaba la salvación de la humanidad, pues ella fue creada para ayudar al hombre a hacer algo que él no podría hacer solo: crear vida. Pero cuando Eva vio que podía alcanzar el fruto de la sabiduría por si misma, entonces esto trajo consecuencias para la humanidad. En especial para el hombre, porque este escuchó la voz de su mujer y no la voz de Dios. Parece que en este contexto, escuchar es sinónimo de obedecer. Obedecer la voz correcta es un asunto de vida o muerte.

Abraham fue justificado porque escuchó (obedeció) la voz de Dios. Esto trajo bendición para él y su familia. Dios escogió su familia para bendecir a toda la humanidad. Salomón, el hijo de David, es parte de esa familia. Su historia es importante, porque Salomón reconoció que necesitaba la sabiduría de Dios para gobernar a Israel. Por esta razón fue bendecido.

Salomón hace mucho énfasis en la importancia que tiene escuchar la voz de Dios para adquirir sabiduría, en el libro de los proverbios, especialmente en los capítulos 7 y 8. Aquí hay un paralelo entre dos mujeres, dos tipos de sabiduría. La sabiduría que viene del mundo y la que viene de Dios.

Por eso no me sorprende que el Señor Jesús ordene a los que tengan oídos para oír, que oigan. Él está clamando como la Sabiduría de Dios, en Proverbios 8, que escuchen. Aquellos que están dispuestos a oír y obedecer, oigan.

Este verano reconocí que debía aprovechar el tiempo para dedicarme a bajar el ritmo y caminar con Dios, prestar atención a sus palabras. En Mateo 11:28-30, mi Señor me pide que aprenda de Él, que descanse en Él. Esa es la fuente de la sabiduría. 

Dichoso somos cuando decidimos usar nuestros oídos para oír la voz correcta. Cuando decimos: Señor, habla. Tu siervo oye… cuando aprendemos a depender de su sabiduría para gobernar y discernir entre el bien y el mal.