Crónica de una muerte… no anunciada

La meta de la vida es conocer a Dios y ser como Él, aunque en ocasiones esto te cueste tu “felicidad” momentánea. Al final encontrarás que Él es la verdadera fuente de gozo eterno, más que una felicidad efímera.

Hace poco estuve conversando con un estudiante universitario y él me dijo:

Yo no creo en Dios. Cuando era niño mis padres me llevaron a la iglesia pero en realidad nunca creí.

–Entonces, ¿cuál es el propósito de la vida? –le pregunté yo.

Ser felices, ser mejores cada día –me respondió.

Lo curioso es que este joven luego me confesó que tenía serios problemas con las drogas. Comenzó a fumar marihuana para sentirse mejor y pronto se convirtió en una adicción que le costó hasta su licencia de conducir, sin mencionar todo el dinero que ha gastado en su vicio. Si la meta de la vida es ser feliz, entonces creo que él esta lejos de esa meta.

La meta de la vida es conocer a Dios y ser como Él, aunque en ocasiones esto te cueste tu “felicidad” momentánea. Al final encontrarás que Él es la verdadera fuente de gozo eterno, más que una felicidad efímera.

Fuimos creados para amar a nuestro creador y hasta que no alcanzamos esa meta, seguiremos deambulando por doquier, tratando de satisfacer nuestro deseo eterno de ser conocidos plenamente y ser amados profundamente.

Creo que es tiempo de contarte mi historia.

Ese día era lunes a las 9 de la mañana. Mientras caminaba por las calles de mi bella y peligrosa ciudad, mi mente estaba enfocada en una conversación vía mensajes de texto. En medio de todo el alboroto cotidiano, mi corazón latía impaciente, atento a cada una de las respuestas que recibía en mi teléfono. Dos días antes estuvimos hablando sobre lo mucho que la extrañaba y lo lejos que la sentía. Ella se disculpó y me dijo que no trataba de lastimarme, pero que su tiempo estaba muy ocupado y su vida de patas arriba. Yo la entendí perfectamente, me alejé por un día y de camino al banco le escribí:

¿Estás enojada?

No tenía idea de lo que ocurría en su corazón. Obviamente no fui sabio para tener esa conversación cara a cara y nunca sabré si eso pudo salvar mi día. Pero entiéndeme, solo trataba de saber la verdad y en cierto modo, entender qué estaba pasando.

Ella me respondió que no estaba enojada y en verdad, no tenía motivos para enojarse conmigo. Sin embargo, luego me escribió:

“Tú sabes que oro por nuestra relación porque siento que te estoy haciendo daño. Actualmente no puedo darte el tiempo que mereces porque mi agenda está muy complicada. Creo que debemos ser solo amigos”.

Allí mismo, en aquella oficina bancaria, sentí una puñalada en mi corazón.

Le escribí varias veces más porque tuve miedo de llamarla por teléfono y que no me contestara, aunque de todos modos tampoco me contestó los mensajes ese día. Lo que parecía ser un hermoso primer día en mi nuevo empleo se convirtió en una pesadilla.

Regresé a mi casa, sintiendo como la tristeza y la ansiedad me ahorcaban el alma. Tras varias horas de melancolía en mi habitación, me refugie en los brazos de mi salvador funcional: la pornografía.

Cuando tienes una relación sentimental que se ha adueñado de tu vida y de repente la pierdes, es como cuando te ahogas en un lago de agua congelada. Cuando la pierdes paulatinamente quizás te duela menos pero al final, una parte de tu corazón se muere, como si te ahogaras en un lago con agua tibia. O sea, como quiera te mueres ahogado, la diferencia es cuanto tiempo duras con vida.

Si te enamoras de verdad tienes un deseo de ser correspondido y aún si no lo eres, mantienes la ilusión de que algún día las cosas se solucionarán. Durante los días siguientes traté de pensar positivo y esperé una respuesta. Fueron cuatro días larguísimos hasta que mi corazón se aceleró cuando vi que ella me escribió de nuevo. Desafortunadamente su posición de terminar conmigo fue oficial y no hubo segunda vuelta. Aunque todavía tenía la esperanza de volver a estar con ella, entendí que solo quedaba una sola cosa por hacer: sanar las heridas.

Ahora bien, esta no era la primera vez que me partían el corazón. Yo tenía 28 años de edad y ya había intentado comenzar más de una relación sentimental, ya me había enamorado varias veces. Por lo tanto, esta vez entendí rápidamente que necesitaba enfrentar el proceso de restaurar mis emociones y autoestima, solo que esta vez fue diferente.

Dios usa formas extrañas para llamar tu atención. Luego de la ruptura de esta relación comprendí que algo no estaba bien en mi vida. No solo porque durante esos días volví a refugiarme en la pornografía y la masturbación (algo que pensé no me afectaría más después de ser cristiano) sino porque había un problema más profundo en mi corazón. Sin darme cuenta hice de mi relación sentimental un dios. La necesidad de sentirme amado me hizo depender emocionalmente de una persona que igual que yo, podía fallar. El problema fue que llegué a pensar tanto en ella que en ocasiones descuidaba mi tiempo con Dios. Ella nunca supo que mi disposición a sacrificar mi propio bienestar emocional solo demostraba que mi amor por ella era más grande que mi amor por Dios y por mi mismo. Graso error. Al perder este ídolo, me refugié en otro. Una alternativa diferente pero con el mismo resultado. Mis acciones demostraban que no estaba satisfecho con el amor de Dios.

Espero que no tengas que pasar por tantas decepciones como yo para darte cuenta que solo Jesús puede satisfacer el deseo más profundo de tu corazón: ser totalmente conocido y plenamente amado. No importa si llevas años de matrimonio o nunca te has casado, tu amado Señor espera por ti para llenarte por completo y embriagarte de Su amor apasionado.

El machismo de Aquaman

Aquaman es una pelicula de ciencia ficción que cuenta la historia de Arthur Curry, el hijo de un hombre y la reina de la Atlantis. A pesar de las criticas y comparaciones con la Sirenita, la pelicula es entretenida y deja un buen sabor.

En este ensayo pienso enfocarme en algunas enseñanzas que esta super producción puede ofrecer al que está buscando.

Al principio de la trama vemos que Arthur fue abandonado por su madre. Ella no quiso hacerlo, pero era la única manera de mantenerle a salvo. Este suceso marcó la vida de Arthur, quien pasó su vida entrenando y tratando de encontrar su lugar en el mundo.

El momento de convertirse en el Aquaman llegó, pero todavía Arthur quería mantenerse lejos de Atlantis. La razón es obvia: ellos le quitaron a su madre. Sin embargo, un evento inesperado impulsa el coraje de Arthur y hace que contienda por el trono.

Este es el argumento principal de Aquaman, pero si uno lee entre lineas puede darse cuenta que Arthur parece luchar contra sus impulsos. Él toma decisiones guiado por su corazón, como la mayoría de los seres humanos. Pero el corazón, es decir, las emociones y los sentimientos que tenemos dentro, son buenos consejeros pero malos líderes.

Es fácil pasar por alto que el cuerpo de Jason Momoa, el interprete de Aquaman, representa el modelo que tenemos de un cuerpo masculino. Pero la realidad es que un muchacho demuestra su hombría por los desafíos que enfrenta y no por los abdominales que tiene. Un hombre es la medida de su responsabilidad.

Arthur debe conquistar el estereotipo del hombre moderno que huye a sus responsabilidades y se refugia en la violencia o la cerveza. Motivado por una cadena de acontecimientos, Aquaman entiende lo que la princesa Mera le dice cuando están a punto de saltar desde un avión sobre el desierto: «Uno debe hacer lo correcto, aunque te destroce el corazón».

Un hombre machista no se preocupa por hacer lo correcto, sino por satisfacer sus impulsos. Pero Aquaman nos enseña que las decisiones que tomamos reflejan el tamaño y la calidad de nuestra masculinidad.

Si todavía no has visto la película, te animo a que la veas a través de esta frase. Si ya la viste, me encantaría saber que opinas sobre mi interpretación. De todos modos te agradecería que comentes esta entrada.

El Síndrome del hombre de Dios [2]

El apóstol Pablo parecía estar irritado con el hecho de que algunos en la iglesia de Corintios se estaban identificando a si mismos con él como su propio “hombre de Dios”, en vez de simplemente como seguidores de Cristo. (Vea 1 Corintios 3:3-5). Por toda su carta a los Corintios, y sus otras cartas, Pablo simplemente dice, “no se trata de mí”.


Una de las lecciones más difíciles del liderazgo es aprender a renunciar al mérito. Otra que es todavía más difícil es aprender a renunciar al control y entregarlo a otros. Ambas lecciones golpean el ego, esa sensación de uno sentirse importante, valorado y necesitado. Lo curioso es que así es como crecemos. 


A veces, el líder siente que su presencia es indispensable para que la organización siga avanzando y toma responsabilidades que no le corresponden. Este error puede costarte literalmente la vida. Un líder efectivo necesita aprender a entrenar y dar libertad de acción a otros. Eso fue lo que Pablo le enseñó a Timoteo cuando le escribió: 


Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros. -2 Timoteo 2:2


Pablo enseñó a Timoteo a crear una cultura de crecimiento. Ahora, una cultura es más que música, pinturas y libros, es el conjunto de acciones que una persona o grupo repite constantemente. Una cultura es cualquier patrón que intencional o no intencionalmente se desarrolle en una organización, y el líder es el responsable de velar por eso. Dar libertad de acción es entregar la autoridad y recursos necesarios para cumplir con una responsabilidad asignada. 


Pablo sabía que sin una cultura de libertad y crecimiento, la iglesia no avanzaría. La clave del éxito en cualquier organización es identificar, entrenar y dar libertad a la gente adecuada. ¿Y cómo logramos eso? Otra vez, es bueno mirar el mejor ejemplo: Jesús. 


El Señor Jesús no encontró doce apóstoles, él mismo los seleccionó y pasó tres años formándolos, entrenándolos y luego los envió a cambiar el mundo.


En Mateo 28:19-21 podemos ver cómo Jesús da poder a los discípulos. Esto es lo que llamamos “La Gran Comisión”. En este pasaje el Señor nos da una lección de cómo dar libertad a alguien y es bueno seguir el orden:

  1. Define el por qué: “toda autoridad me ha sido dada…”
  2. Define el qué: “por tanto, vayan y hagan discípulos…”
  3. Define el dónde: “de todas las naciones…”

Y luego sube al cielo. Nota que el Señor no dice “cómo” los discípulos deben lograr su tarea. Esto es también importante y enseña que una cultura de libertad y crecimiento se basa en dos elementos: Claridad y confianza. 


La claridad se consigue cuando comunicamos bien los lineamientos y parámetros de la tarea: el porqué, dónde y qué hacer. La confianza se consigue cuando no decimos cómo, de esta manera estamos demostrando que si confiamos en la gente, porque si lo hacemos no estamos entregando autoridad.


Seguro que alguna vez has estado trabajando con una persona que supervisa tu trabajo, pero que siempre está pendiente a lo qué haces. Cuando cometes un error o no haces tus ocupaciones COMO él o ella quisiera o lo hiciera, inconscientemente sientes que no confían en ti. Esto es porque comunicar con claridad pero sin confianza, produce miedo y parálisis. 


La otra cara de la moneda es cuando confiamos en una persona sin ser claros sobre qué esperamos de ella. Eso permite que la gente haga su trabajo pero sin ningún enfoque ni motivación, con mayor margen de error y frustración. 


La mejor forma de saber si podemos confiar en alguien es confiando en ese alguien. La confianza se da pero la desconfianza se gana. 


La claridad le asegura al equipo que el trabajo que hacen está alineado con la visión de la organización. La confianza crea espacio para que la gente haga su trabajo con creatividad y efectividad, tomando los riesgos necesarios para lograrlo. 


Nosotros no encontramos grandes líderes, los formamos. Luego les damos libertad para actuar y les dejamos crecer como líderes.